Capítulo 7: La habitación

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Quiso renacer, inocente, galopar hasta su infancia. Olvidar. Nadó en las cálidas aguas río arriba, esculpiendo el tiempo. Plegó su cuerpo, su sangre, y aunque no consiguió deshacerse de su memoria, tuvo paz con ella. Las aguas fueron su nana.

 

El aire húmedo cubría sus heridas con pomadas maternales. De la nada, la eterna nada, se irguió una habitación de luz. Inmaculada luz libre de energía y calor, ¡tan agradable cuando caía en la piel! Blanca, intensa.

 

El dolor remitió, casi, del todo. Los besos entraron por la ventana y limpiaron sus magullados pies. Respiró, profundamente, un poco de ese amor.

 

No existiría la felicidad de nuevo, algo que no aceptaba, pero estaba tan cansado… Se acostó y durmió, tranquilo. 

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Capítulo 6: Canela

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En su caída al inframundo, el Rey perdió su corona.

 

Sus ojos despertaron, y descubrieron colores que nunca había visto, comprendió una nueva dimensión del color. Desfilaban, en torno a él, hordas de criaturas que jamás había visto, y otras muchas que ya conocía. Vio a la Reina con otro rostro, escoltada por cromáticos demonios lánguidos, con hedor de vinagre y lodo. También caían junto a ellos las arpías y bestias que su espada había cercenado en el pasado.

 

Un zumbido permanente en sus oídos lo desgarraba. El final del abismo era un océano de sonidos en el que aterrizó, asustado. No pudo discernir la realidad del delirio onírico, ni siquiera bajo su propia piel, donde creía por axioma que todo sería seguro. Su mente era caos, sinestesias combinadas, y su cuerpo fue masoquismo inverso: sufrió de placer y añoró el dolor.

 

Allí, cuando la vida le abandonaba, extraños símbolos de sabor picante le recordaron por qué enloqueció. El Rey suplicó, cansado de ser fuerte:

 

 

La mentira me hizo brillar,

la mentira era real, de mil plumas de colores.

Caminé en círculos rectos por pasillos verticales

inundados con tu luz.

 

Las semicorcheas doran en azul el prisma

de la mentira.

 

Penetra, esquiva la limitación de la comprensión.

 

Pienso, creo. Ni cara ni cruz.

He perdido la moneda. La verdad es mentira.

 

Sálvame, dime otra mentira, júzgame.

Constuye un puente de piedra gris

sobre un río dulce, donde mi Sol

haga agradables las tardes.

 

 

El mayor de ellos lo impregnó de extrañas sustancias, canela y otras especias, que le absorbieron entre verde ambrosía. Poco después, el Rey murió.

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Capítulo 5: Fruits

 

El rey recorría unas llanuras áridas, que no habían visto llover en años, decoradas con pequeños cactus de los que pendían rezumantes frutos venenosos. De pronto, le alcanzaron tres pequeñas golondrinas con noticias de su patria. Detuvieron al Rey para informarle. Éste se desplomó sobre sus rodillas ulceradas.

 

Cuando preguntó:  ¿Quiénes sois? descubrió con pavor las grietas y el polvo de su propia voz, del suelo bajo él. Las arrugas de su piel y las heridas en sus piernas se sumaron a tal impresión. La niñez quedaba tan lejos… el tiempo no le había perdonado nada. ¡Las cicatrices eran tan reales!

 

Los pájaros enunciaron:

 

– Soy perfume de flores orientales. Soy Azahar, dulce.

 

– Soy leche de amapolas, opio. Soy tu Bálsamo.

 

– Soy la cuchilla de buen acero que desprenderá suavemente tu piel. Soy la repudiada Sabiduría.

 

El Rey escuchó las melodiosas voces y contestó, presentándose.

 

Yo sé quién fui, pero no quien soy. Fui el Rey.

 

Recibió la nueva: no podría regresar a su hogar. No le importó. Sintió un peculiar anhelo, y mordió uno de aquellos frutos, como si fuera evidente que iba a sentir alivio con ello.

 

Estaba agrio y refrescante, sintió náuseas por un segundo…

 

 

Would you please help me find the fruit o’ my life?
Could you blackmail me and give me another chance?
Set me free, creature. Would you take away guilt’s knife?

It’s time to go, let’s go beyond.

 

You will remember the spark on my regard.
Please recognize me, I’ll be part of the crowd.
Nights are so frightening since my eyes are blind,

Blind when there’s nothing to be seen…
My fire, my lightening, wondering…

 

My face is my reward. I’m now a beggar. Your beggar.

 

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Capítulo 4: Musgo

Despertó, mellado y grotesco, en un paraje mullido, alfombrado por un pasto tierno que no conocía, cobijado entre los arces.

 

El entorno le recordó a algo en su niñez, revivió en él una sensación para la que no existía descripción, desde un magnético vértigo ambicioso, atemporal, pero también seguridad y nutrición. Revolotearon algunas libélulas turquesas, como nadando ese denso aire cargado de humedad.

 

Amaba el silencio, qué rica quietud, el silencio, ¡qué silencio!, se dijo a si mismo en voz baja, para no alejar a todas las pequeñas criaturas que allí vivían.

 

Quiso contemplar esa frágil simplicidad desde más cerca, y se quemó ante tal inocencia. Acarició esas gotas frescas y gozó. Notó una presencia armónica, y se unió a ellos.

 

El rocío cobró un cariz de vida entre las hojitas, y adornó la melodía con libido.

 

Ya estaba loco, había olvidado el lenguaje, pero aún comprendía la belleza de los sonidos que formaban las palabras.

 

 

Musgo:

Urticante mermelada minúscula,

musa, anzuelo o mácula.

Zigzagueante ombligo esotérico.

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Capítulo 3: Nena…

Nadie le reconoció en la taberna del pueblo. Estaba sucio, mellado, y se curó en alcohol. Su realidad estaba modificada, decolorada, incierta. En su recuerdo, la mugre. El brebaje tejía un micelio de en torno al núcleo de su pensamiento cuerdo.

Con la mente turbia y espumosa, extrajo un cortaplumas de su bolsa. Grabó un soneto sobre la mesa.

Hoy es horrible tu vestido, noche.

La habitación mengua, vienen los muros.

El delirio escupe en mí, estoy desnudo;

sentí las ascuas mordiendo las fotos.

 

No me da miedo: el Hades y el futuro

son aleación de iris y brillos rotos.

Mezclé entrañas y tierra, devoto;

germiné, lacrimoso, entre sulfuro.

 

Es en el añil reducto de consciencia

y no en la superficie donde moras.

Ve, devora carroña en tus orgías.

 

La cicuta reirá con obediencia,

amarillo es el piano que enamora.

Flor de loto, sucumbe bajo arpías.

Su moral y educación se disolvían frente a su incipiente locura. Era un hombre, o quizá un esqueleto, sin miedo. Era escéptico con su propia alma; reescribió sus leyes, las observó y las tachó de nuevo. Nada estaba ya claro.

Se acercó al lago, con una jarra de destilado, y allí encontró una muchacha. No recordaría nada de aquella noche.

 

 

Buenas noches, nena

te he compuesto un tema de rock

con una guitarra

y una botellita de ron.

Fue por conseguir tu piel de melocotón.

 

La luna esta llena

y por hoy seré servidor

De tí, de tus piernas

y, si está, tu sujetador.

¡Reina de Venecia, de la risa y el licor!

 

Quitate el vestido

que está haciendo mucho calor

Metete en la cama

y comienza a hacerme el amor.

Deja de provocar con tu pelo juguetón.

 

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Capítulo 2: Añicos

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Todo el reino buscó insistentemente a su Rey, tras la misteriosa deserción de éste. Escapó intentando, sin éxito, alejarse de los miedos que impregnaban su alcoba.

Sus pasos le adentraron en un suculento bosque, donde durmió varios días. Las ramas, espinas y texturas cremosas lo abrigaban y aliviaban. La comunión que sintió con esos seres inferioresdespertó su creatividad.

Labró, en material vivo, un instrumento de cuerda y viento. Empleó sólo sus manos y dientes, curtió sus palmas y yemas, y su boca. Las raíces y la savia se mezclaban con su cuerpo y saliva, mientras sudaba. Al fin, las lianas estaban tensas y la madera hueca.

Cuando tocó con él la primera nota, el Rey no escuchó ningún sonido, y tembló de placer. No entendía lo que sucedía… Ayunó junto a su creación por trece días. A la decimocuarta mañana de inanición, esquivó la limitación de la comprensión. Se puso en pie, liberándose de los helechos que le amaban.

Volvió a tocar su instrumento, se alimentó de él, ahora sabiendo que el sonido que obtenía era el propio rumor del bosque. Sus labios comenzaron a sangrar. Lo acompañó con su ronca voz, en un rezo hacia su amada perdida, un rezo que no pedía nada:

Que ya no pienso en ti

si no es como una estatua

de aroma y de marfil

envuelta en seda blanca

 

Con viento turbulento

 

Por tu sombra de nacar

voy trepando sutil

girando por tu espalda

mi libertad senil

 

Haciendo añicos mis labios

El bosque enamorado reclamaba al Rey para sí, abrazándolo con tortuosas enredaderas frías, lamiendo su sudor con avidez, respirando con sus pulmones, asfixiándole. Los zarcillos y espinas le esposaban, retenían, agotaban…

El Rey logró huir, y sus pies descalzos fueron su fuerza, surgida de nuevo desde ancestros y vísceras.

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Capítulo 1: Chocolate

Chocolate

 

El Rey lucía su corona, lustrosa, y gobernaba junto a su Reina.

Era un hombre de estricta moral, bien educado en valores de justicia; un hombre con la autoestima ambigua que trae el poder.

 

Para celebrar el día de su aniversario, preparó un baile de placeres. Decidió que las refulgentes notas amarillas de la música que sonaría debían bañarse en un gran caldero de chocolate, líquido, dulce y crujiente, del que todos probarían.

Extasiado, gozaba de la sensualidad de su obra, sus dominios y súbditos…

Los suelos comenzaron a arder con su regocijo. Las columnas desgarraron las nubes, las aves revolotearon asustadas. La Reina tomó un carruaje tirado por unos extraños seres cartilaginosos, en el que huyó.

La marmita, cargada de magma y cacao, parió un monstruo aberrante. Era el ensordecedor Heliogábalo, la sombra destripada. Surgió rezumante de lepra, exhalando perforantes graznidos. Su carne era de gusanos. Se hizo cielo, entre aleteos.

Ante la huida de su Reina, el Rey decidió gobernar él solo, con mayor dedicación. Ordenó construir una enorme obra, colosal, erguida alrededor de su castillo. Una defensa inexpugnable que le protegiese de la descomposición. Trepó a lo alto de ésta y exclamó, al vacío:

Cuando más rico fui,

cuando tuve más tesoros,

erré abandonándolos a su suerte,

mi suerte.

 

Cuando mendigué, vil,

cuando no tuve decoro,

construí, en torno a mí, un fuerte,

mi muerte.

 

Mi fuerte,

insalvable, de cal y ceniza astuta,

que eleve en el viento volutas

de humo azulado y añil,

que me trastornen a mí

y a quien se acerque.

Sus palabras se diluyeron en el horizonte, tejiendo una tormenta. Chocolate y  Heliogábalo lloviznaron, pereciendo como gotas y truenos.

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